martes, 21 de enero de 2014

Pasado nefasto, futuro maldito

“La aniquilación de los humanos fue solo el principio.

El mundo sintió la ausencia de los homínidos y todo cayó en una desgracia sin fin. La naturaleza sufrió un colapso que nunca creímos posible; siempre juramos defenderla y hacer lo que fuera necesario para salvarla. Incluso extinguir a otra especie a costo de nuestra propia savia. Pero, cuando creímos que lo peor ya había pasado, apareció él.

Nuestra ciega  vanidad nos impidió ver lo que eso significó, hasta que fue muy tarde.”

Memorias de In’Akûl, fragmento de El Libro de los In’Nay.


Capítulo I

Berecia, la villa de los veganyos, estaba tranquila. Los granjeros labraban la tierra con fervor. Los centinelas del bosque hacían su guardia, previa al amanecer; los cazadores se armaban para hacer su arduo trabajo. El Anciano, en sus aposentos, dormía plácidamente.
Como cada mañana, los pescadores se dirigían a la playa. Llegando a la costa, vieron un ser humanoide, de piel blanquecina, yacido en la arena. Tenía sus ropajes dañados y húmedos, como si hubiera sobrevivido a un naufragio.
—¿Quién crees que será? —preguntó sorprendido el primer pescador.
—La pregunta no es quién, sino, qué —apuntó el segundo.
Se quedaron en silencio, mientras buscaban una respuesta que no podrían encontrar por sí mismos. Decidieron posponer el inicio de su labor para llevar a la criatura a la villa, y que los eruditos resolvieran el problema.
Tuvieron que llevarlo entre los dos, dado que en altura el ser les sacaba, por lo menos, dos cabezas. Su fisonomía no era muy robusta, pero tampoco era tan delgado como ellos. De todas formas, lo que más les impresionaba no era el tamaño. Aquella piel blanca, tersa, los hacía sentir extraños al tocarlo.
Llegaron con el cuerpo y, tras una hora, el lugar era un caos. Todos en la villa habían dejado sus quehaceres sin terminar con tal de ver a la extraña criatura. Aparecieron los eruditos del pueblo y lo llevaron sin demora a la sala este del Gran Caserón para estudiarlo. Le quitaron la vestimenta y lo acostaron en una mesa.
Los Nueve Sabios acostumbraban a hablar por turnos, siempre dando, cada uno, una opinión distinta. Al terminar sus observaciones, buscarían la respuesta final unificando criterios.
—Presenta vitalidad.
—No muestra heridas graves.
—Su piel no es verde ni marrón, como la nuestra. Es blanca, casi espectral.
—Posee una especie de cabello oscuro en varias partes de su cuerpo; pero no hojas, ni ramas.
—No existe ningún signo vegetal en su organismo. Observen —dijo el quinto, mientras le hacía un leve corte en un brazo—, no posee savia en su interior sino un líquido rojo, como los animales.
Así continuaron, ofreciendo sus propias reflexiones a los demás hermanos, hasta llegar al último de ellos. El noveno dio su punto de vista con respecto a un supuesto naufragio, y lo que podría significar. Se produjo un lapso de silencio, uno tan profundo que incluso se podía sentir en el ambiente. Tras ello, unieron sus manos formando un círculo alrededor de la mesa, y hablaron todos juntos como si fueran una sola voz, una sola mente.
—No hay dudas. Es un humano y puede no ser el único. Debemos ver al Anciano de inmediato. Berecia corre peligro.

Capítulo II

Los guardias personales del Anciano llegaron al umbral de sus aposentos y lo llamaron. Tuvieron que hacerlo tres veces para que el In’Nay, el supremo líder de los Veganyos, se despertara.
Su piel cetrina, ajada por el tiempo, era como la corteza de un árbol que estuvo siglos en pie. Sus ojos rasgados brillaban con un verde incandescente, incluso más luminoso que los de los mismísimos eruditos, sus consejeros. Poseía un largo enramado seco que salía de los bordes del rostro y formaban una punta enredada al final.
Con dificultad se sentó a un borde del lecho de hojarasca.
—¿Qué sucede, joven, para que necesite despertar a este anciano?
—Disculpe, su excelencia. Pero no lo hubiera hecho sino fuera porque es de suma importancia. Los eruditos han solicitado un cónclave con usted; parece que hay problemas.
—Problemas. No me extraña dado estos tiempos complicados… —pensó en voz alta, mirando hacia la ventana con pesadumbre—. Está bien, diles que pronto me uniré a ellos.
Los guardias hicieron una reverencia y se marcharon. El Anciano suspiró con pesar y se levantó. Buscó su túnica entretejida con lianas de distintos colores, y se dirigió al salón principal a paso lento, ayudándose con su cetro de nogal para caminar.
Al llegar a la sala, los sabios ya estaban sentados alrededor de una mesa ovoide. El Anciano se ubicó en el trono vacío. Miró a cada uno, buscando conocer la situación antes de que se la contaran.
—Honorable In’Akûl, su excelencia. Hemos convocado un cónclave con el afán de…
—No pierda tiempo en protocolo, Et’Darléh —lo interrumpió el Anciano con gesto cansado—, y háblenme del porqué me hallo aquí.
—Muy bien —comentó otro de los eruditos—, así será. Unos pescadores han encontrado... un humano en la costa.
Silencio.
El gesto del líder se mantuvo inmutable, mirando con profundidad al sabio que le había contado el problema. Ningún otro miembro del consejo se dispuso a hablar, por lo menos no hasta que volviera a alzar la voz el Anciano. Pasaron varios minutos que parecieron horas.
—Repite eso —El tono de In’Akûl sonó mucho más grave, amenazador—. Profundiza. Describe la situación y el resultado del análisis.
Habló el tercero, ante el silencio de los dos primeros que se habían pronunciado antes.
—Unos pescadores hallaron a la criatura, al humano —se corrigió de forma apresurada—, en la playa. Lo trajeron para que lo estudiáramos y nuestro análisis confirmó lo que era: un humano, de carne y hueso, real. Está vivo y estable, aunque inconsciente.
—Suponemos que venía en un barco y que este se hundió —siguió el cuarto—, o por lo menos en algún tipo de nave marítima. Lo que desconocemos es si estaba solo.
—Desconocemos y suponemos que no —prosiguió el quinto—, aunque al no estar despierto no pudimos interrogarlo para verificar esta última hipótesis.
Demasiada información para procesar, eso fue lo que pasó por la mente del Anciano. No le dejaron seguir con sus propios razonamientos, ya que el siguiente sabio habló:
—Por eso convocamos un cónclave, queríamos discutir esto con usted: ¿no se supone que los humanos se encontraban extintos? Usted mismo lo vivió, ¿cierto?
El líder suspiró nuevamente, esta vez sometiendo la ira a un resquicio de su espíritu, para evitar tener que echar al erudito que estaba dudando de él.
—Hace más de 500 años que no veo a ningún humano. Logramos derrotarlos con la Plaga de las Esporas Malditas, hace más de seis siglos. Ustedes estaban al tanto de los hechos, gracias al legado del conocimiento de los anteriores eruditos —con cada palabra, el vigor del Anciano iba en aumento—. Yo no era más que un joven centinela, pero lo vi con mis propios ojos: los homínidos se fueron marchitando como las más débiles de las flores y su descendencia no hizo más que nacer enferma y perecer en poco tiempo. No, no hay modo de que hayan sobrevivido tanto tiempo. Debe haber un error, o hay algo que nos perdimos.
—Como lo supusimos —comentó el séptimo sabio—. Debemos traerlo y despertarlo, lo dejamos cubierto de polen del sueño solo para asegurarnos.
Llamaron a los guardias para dar la orden de que trajeran  al humano, pero estos tardaron en llegar. Dos de los sabios finalmente se pararon y fueron hasta el portal, para ver si había sucedido algo. Antes de alcanzar el pórtico, apareció frente a ellos un centinela agitado.
—Respira y dinos qué sucede —ordenó el erudito más cercano al guardia que trataba de recuperar el aire.
—Es el… humano —respiró fuerte y entre jadeos—. ¡No sabemos dónde está!


Capítulo III

El consejo completo de sabios fue a toda prisa a la sala de análisis. El Anciano llegó un tiempo después, dada su condición y su paso cansino. Los eruditos estaban perplejos ante lo que tenían delante: la mesa vacía y manchas amarillentas de savia decoraban el lugar. Dos guardias yacían muertos en el suelo, y no había ningún rastro del homínido.
—¿Se llevó algún arma o protección? —preguntó uno de los sabios al guardia que los había alertado.
—No, incluso dejó los sables de los que asesinó. Es como si… los hubiera matado con sus manos.
—Nosotros determinaremos eso, guerrero  —indicó otro de los eruditos—. Encárgate de organizar las defensas, ahora mismo.
El guerrero asintió con un gesto sombrío y se fue corriendo al área central de los centinelas. Mientras, varios sabios ya se organizaban con parsimonia para diseccionar y analizar la causa de la muerte de los guardias. Los otros discutían con serenidad lo que debían hacer, y esperaban, entre sus comentarios, la opinión del Anciano; la cual nunca llegaba. Solo se mantenía en silencio. Cuando los demás también se callaron, y lo miraron en busca de sus palabras, In’Akûl dijo:
—Si es cierto que es un humano, toda palabra que digamos está de más. Necesitamos un rumbo de acción: quiero que cada uno de ustedes invoque a su Familia y se dispersen por los alrededores de la villa y el bosque.
—Hace más de un siglo que no realizamos invocaciones, Honorable —comentó Et’Darléh con un dejo de duda en su voz—. No creo que por un humano debamos perder…
—Usted no debe creer nada, Darléh, ni usted ni los demás Et’Nay. Preocúpese por seguir órdenes —dijo mientras daba tres golpes al suelo con su cetro—; debemos encontrarlo antes del anochecer.
La luz del cristal carmesí que estaba incrustado en la punta del báculo del In’Nay brilló con fulgor, y un enorme venado, con ornamentos vegetales alrededor del cuerpo, apareció a trote ligero a su lado. El Anciano se subió al lomo del animal y se marcharon a gran velocidad.
—¡Muy bien! —gritó con vehemencia uno de los eruditos que estaba al lado de Darléh—. Ya oyeron al Honorable In’Nay. Que cada uno explore una región, mientras los otros tres sabios continúan analizando a los guardias muertos.
Los eruditos se fueron con premura, excepto Et’Darléh. El hermano que había dado la orden se quedó mirándolo, con gesto impasible.
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó.
—No te preocupes —contestó Darléh—, invocaré a mi Familia. Pero me quedaré a inspeccionar la villa, por si se encontrara cerca.
Su hermano asintió y se fue. Darléh solo pensaba en el ego del Anciano. Los setecientos años habían hecho mella en él, desde hacía mucho tiempo lo notaba. Él seguiría su instinto, que nunca le había fallado. Por algo todos sus hermanos eruditos lo consideraban el mejor, aunque a ojos de los demás habitantes ellos fueran iguales. Tener una edad similar y vestir con idénticas túnicas ayudaba a confundirlos. Decidido, se marchó con la idea de que haría lo que fuera necesario.
Et’Darléh llegó rápido a su altar, bajo la sombra del gran sauce del Este. Hundió su mano en la tierra y de ella sacó una rama larga y recta, cuya punta sostenía entre raíces una roca obsidiana pulida. El brillo de la luz negra se mostró con un púrpura etéreo, y las palabras del arcano conjuro resonaron en el claro que se extendía a sus pies. Del suelo incandescente afloraron unas plantas que crecieron a una velocidad increíble; capullos que pasaron a ser hermosas flores y que se marchitaron en minutos. De ellas brotaron luces de aura espectral, que tomaron forma: las Ánimas Inmaculadas, aquellos espíritus temibles, lo observaban con lúgubre mirada.
—Ya saben lo que deben hacer —En el conjuro, Darléh había dado las órdenes—, infórmenme ante cualquier novedad.
Los espectros asintieron y desaparecieron. Algunos tenían el aspecto de arqueros con máscara cadavérica y un cuerpo energético, otros eran espadachines con cuerpo humano y cabeza de lobo. Pero los más tenebrosos eran los de cuerpo de rocas: gólems enormes y de fuerza asombrosa. A pesar de ser espíritus inmortales, todos aquellos seres del abismo eran tangibles como cualquier criatura viva; solo tenían un período limitado en el plano mortal.
Poco tiempo después, Et’Darléh se encontraba meditando en el mismo claro. Abrió los ojos al notar a sus Ánimas cerca. La sorpresa se dibujó en su rostro al ver lo que tenía en frente. Sostenían al humano arrodillado y este mantenía baja su cabeza, sin resistirse.
El sabio se acercó con cautela y le preguntó:
—¿Quién eres? ¿De dónde has salido, humano repugnante? ¿Qué tramas?
—Yo no tramo nada, señor, solo soy un enviado. El primero de muchos, y me enviaron con un objetivo: hacer un trato con usted.


Interludio

Con el venado, In’Akûl pudo recorrer rápido un largo trayecto. Al llegar al pie de las montañas del sur, bajó de su montura y caminó con paso liviano, con una energía rara en él, hacia la pared rocosa que se mostraba cubierta de hiedras. De nuevo la luz rojiza brilló con fuerza y el In’Nay apuntó con su cetro hacia delante. Los contornos de una gran puerta doble se dibujaron en la roca. De forma lenta, y con el temblar de la tierra acompañando el movimiento, las puertas se abrieron. El Anciano entró y estas se cerraron tras él.


Capítulo IV

Las ánimas del resto no consiguieron nada, y volvieron con sus maestros para contar lo visto y lo poco que habían podido averiguar. Todos los eruditos, excepto Darléh, se reunieron en el salón del cónclave; cada uno custodiado por sus espectros invocados.
—¿Dónde se encuentra Et’Darléh? —preguntó uno de los sabios, dejando de lado el tono paciente que los caracterizaba.
—Aquí estoy —interrumpió el recién nombrado, entrando por la puerta principal y secundado por algunos de sus espectros. Los mismos sostenían al humano con fuerza, el cual parecía gravemente herido.
La tranquilidad del recinto desapareció al instante que uno de los reunidos preguntó, a gritos, dónde había encontrado al humano, exigiendo saber por qué no se había comunicado antes. Otro, más cauto, preguntó a sus hermanos dónde estaría el Anciano. Et’Darléh se mantuvo calmo y alzó una mano en señal de calma.
—El hereje vino hacia mí para proponerme un trato —contó por lo bajo, mientras lo señalaba con desagrado—. Aunque, antes de continuar, quiero saber el resultado de los análisis de los difuntos.
Darléh se sentó al compás de esta última frase. Todos miraron a los sabios que se habían quedado con los veganyos asesinados.
—Hemos encontrado —comentó uno de ellos— manchas de un líquido viscoso en algunas partes de los cuerpos, que resultó ser mimético. Es decir, al despegarlo, su color imperceptible se tornó de un negro más oscuro que un cielo nocturno y sin estrellas.
—Lo sacamos utilizando una vara del mineral más fuerte que tenemos —apuntó un segundo sabio—, la cual, al entrar en contacto con la sustancia, reaccionó de una manera corrosiva y se desintegró.
—Lo curioso es que no solo desintegró al instrumento, sino que se evaporó dejando una leve estela de humo. El mismo… —el tercer erudito se interrumpió por un ataque de tos—. El mismo era… —El catarro fue tan fuerte que cayó inconsciente en la mesa.
Un silencio sepulcral se formó en la sala. El hermano más cercano acercó un oído y notó que no respiraba. El cuerpo estaba inerte, con la mirada perdida. Un líquido negro salió de su boca.
Finalmente, habló Et’Darléh, quien se encontraba inmutable en uno de los rincones de la mesa.
—Esto es inesperado. Aléjense de él antes que a otro le suceda lo mismo. Ustedes —dijo, y miró a los otros dos sabios que habían analizado los cuerpos—, aíslense para curarse. Que no quede ni la más mínima esencia de la sustancia en sus organismos.
—Tú no eres nuestro líder, Darléh —Le espetó uno de ellos que lo tenía cerca—, eres uno más entre nosotros. Solo respondemos a…
—Sí, solo respondemos a nuestro In’Nay. Lo sé —El cambio de actitud del sabio sorprendió a más de uno—. De eso tenemos que hablar, el Anciano se marchó y no volvió. Ustedes, mis sabios hermanos, ¿a dónde creen que se dirigió? He aquí un humano que apareció de la nada, asesina a los nuestros, y Akûl se marcha en el peor momento.
Todos se miraron con gesto de preocupación. Suponían a dónde había ido el Sabio Mayor, solo que por el caos no habían reparado antes en ello.
—¿Qué pretendes hacer? —preguntó uno, con tono desanimado.
—Dos de ustedes vendrán conmigo, e iremos al sur. Ustedes tres, quiero que realicen el sacrificio del humano ante el Gran Árbol. Sus restos lo pondremos en la costa, para que los vean si vienen otros. El resto, organicen la defensa como si se tratara del regreso de los mismísimos demonios de fuego.
A pesar de que algunos se mostraron disconformes con esa resolución drástica, sabían que era lo mejor. Siempre, tarde o temprano, Darléh estaba en lo correcto.


Capítulo V

In’Akûl estaba sentado en el suelo, frente a un cuerpo inerte y ajado por el tiempo, que se encontraba como fundido en las rocas entre raíces y hiedras.
—Así que… de eso se trata —susurró el Anciano frente a su predecesor, apresado ahí por traición, hacía varios siglos.
—¿Cuántas veces lo dije? —preguntó el ente cuyas raíces estaban enterradas en la pared—. Los humanos no son una especie que se pueda aniquilar. Ustedes me culparon de traición cuando dije que algún día volverían.
—No había pruebas, y pasaron siglos sin ver a ninguno. No había manera de…
—¿De qué? ¿De que Zargrend regresara? ¿De que el nigromante más poderoso no se vengara? Por el Gran Árbol, ¿qué te ha pasado, Akûl?
Silencio. El In’Nay buscaba una respuesta en los resquicios de su mente. Sin hallarla, solo veía un futuro lúgubre para su especie.
—Tengo que escribir en El Libro, debo dejar asentado lo que sabemos.
El previo In’Nay negó con la cabeza y se perdió entre la roca, para volver a su estado inanimado. In’Akûl entonces escribió, en el libro del pedestal cercano, lo que sería el último fragmento de sus memorias.


Compendio

Et’Darléh se encontraba cerca de las montañas, cuando el venado de Akûl pasó rápido entre ellos. Extrañamente, iba solo.
Los eruditos se encontraron con el In’Nay, quien parecía estar esperándolos, justo en la puerta que volvía a desaparecer entre las rocas.
—Darléh, la ambición te ha consumido —Fueron las palabras de bienvenida del Anciano.
—Honorable, ¿por qué dice eso? —preguntó uno de los sabios recién llegados—. Hemos venido a buscarle para…
Un repentino ahogo paralizó al veganyo que tenía la palabra. El líquido negro, pútrido, salió de su boca y cayó desplomado. El otro erudito que acompañaba a Darléh se arrodilló con desesperación, mirando a su hermano y al líder en busca de ayuda. Et’Darléh ni se inmutó, sino que sonrió con malicia. El líquido que discurría por la comisura de la boca del sabio, hizo contacto con el que lo abrazaba. Al instante, este otro sufrió un colapso y también murió.
 —Zargrend tiene una pregunta para ti —dijo Et’Darléh con un tono macabro, mientras sus ojos y los de todas las Ánimas se tornaban a un negro profundo—: ¿qué se siente al ser pagado con la misma moneda?
—La vida y la muerte forman un equilibrio, y si se pierde no pasa mucho tiempo en que vuelva a su balance. Espero que nuestro sacrificio le enseñe a las otras especies que la venganza no sirve de nada.
—¿De qué hablas, Anciano? ¿Perdiste lo poco que te quedaba de cordura? El esbirro que encontramos del Nigromante ya debe de haber matado a los demás eruditos para preparar su regreso. Yo me convertiré en In’Nay y entre los dos conquistaremos todo el continente; dejaremos de ser unos parias.
El Anciano sonrió, pero su mirada destilaba una profunda tristeza. ¿Estos eran los sabios de los veganyos? ¿Qué les había pasado?
—El venado llevó consigo las Esporas Malditas y El Libro, y se dirige al oeste, al desierto. Los habitantes de las arenas sabrán que hacer. Pero tú… —dijo el Anciano con desprecio, mientras Darléh lo miraba con furia al escuchar sus palabras—. ¡Tú perecerás aquí!
Et’Darléh, pese a su alma maldita, no pudo evitar maravillarse ante la invocación de In’Akûl: el espectro de un enorme dragón blanco apareció detrás; el Ánima más poderosa del plano espiritual. El sabio, ni con el poder de la muerte ni con su Familia, pudo hacer algo frente al fuego purificador del espíritu invocado por el In’Nay.
El Anciano agotó su vida en esa última invocación, y su cuerpo se endureció hasta que el verde fuego de sus ojos desapareció.

5 comentarios:

  1. Gracias a Helkion por la corrección.

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  2. Me encanta! Pero no vendría mal una sangría y un texto en formato justificado, se me haría mucho más fácil distinguir cuándo termina un diálogo. Por favor, quiero más!

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    1. :D Gracias Xime! Me alegra mucho que te haya gustado!! Recién actualicé para que esté en formato justificado (gracias por el consejo), pero lo de la sangría te lo debo que era un tanto más artesanal, jeje. Pronto subo otro!

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  3. ¡Hoa nikto! Mejor no le busco la quinta pata al gato y confieso que me gustó mucho este relato. ¿Piensas convertirlo en una novela, quizás?

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    1. Hola Ana!! Jeje seguramente tenga algunos detalles, pero lo cierto es que estoy muy orgulloso del resultado :).
      Y nunca lo pensé como una novela (lo escribí para un reto del foro, en un período de 24hs), pero es un mundo que quizás en algún momento vuelva... casi seguro diría.

      Gracias por tu comentario!!

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